lunes, 10 de noviembre de 2008

Detrás de cada aroma hay una vida diferente

Crónica
Una plaza siempre es el recuerdo de pueblos y antepasados, y ésta la Placita de Flores no es la excepción, aunque por su nombre todos pensarían que solo venden coloridas y delicadas plantas lo que la rodea en su interior es todo un mercado de abarrotes, carnes, verduras y frutas con las que cualquier persona podría hacer perfectamente un mercado.
Desde su entrada se percibe la combinación de olores de las frescas flores, con el hollín, polvo y mugre de pleno centro de Medellín, sin embargo éste es un pedacito de paraíso donde al quedar sin olfato, la vista agradece a Dios por tan vivos colores.
Son tres pisos que se diferencian por sus olores, el sótano, el más frio y angosto está lleno de frutas y verduras que se mantienen frescas, pero tanta cebolla, tomate, lechuga, plátano y zanahoria se opacan con el puestico de maíz que hay en todo el fondo del lugar, donde dos hombres con una velocidad de años de experiencia desgranan el maíz y dos mujeres preparan arepas de chócolo que hacen sentir ese aroma a desayuno de casa de las abuelas.
A pesar de ese fresco olor, Gilberto Ríos vendedor de plátanos, alega todo el día por la fetidez que viene del baño y nunca se preocupan por limpiarlo, “el mejor olor viene de ahí y eso que vale 500 pesos la entrada, que tal que no la cobraran”, cuenta el comerciante con un tono irónico. Cada uno huele y siente la plaza desde el punto en que está ubicado.
El primer piso se ve más ordenado y elegante, pasan de ser verduras y frutas en cajones a refrigeradores y amplias vitrinas donde el olor a carne, pescado y queso se combina con el de algunas flores y plantas medicinales, cada esquina es un olor diferente y cada cual se acostumbra a lo suyo, como es el caso de Miguel Echeverri, un carnicero que prefiere el olor de su carne al de las flores podridas que muchas veces nadie se da cuenta que les llego su corto ciclo.
En el segundo piso está Ana Yepes, una anciana que lleva 45 años trabajando en la placita, ella es una de las pocas fuentes que pueden recordar sobre el incendio de la placita hace 36 años, “estoy segura que eso lo quemaron de gusto para sacar los vendedores a la fuerza”.

Día tras día maneja diferentes hierbas que viene buscando la gente, ya sea para las envidias, la suerte, felicidad, prosperidad, armonía, el amor, maleficios o insomnio. Sin embargo ella no huele tan bien como el acido aroma del toronjil, cidrón o albahaca, las plantas que más vende, “todo esto funciona pero si hay fe”, afirma la vieja mientras atiende a un cliente y le arregla unas plantas con sus negras y largas uñas.
El Municipio es el dueño de esta plaza donde cabe desde una zapatería hasta carbonería, salón múltiple, restaurante, puestos de esotéricos, de frutas, verduras, carnicerías, floristerías hasta salsamentarías que no tiene nada que envidiarle a un supermercado.
Qué ganancias y prosperidad pueden obtener estos vendedores que vienen y van desde las 4 de la mañana entre olores que muchas veces por el invierno son más fétidos o por el verano resecos, si tienen que pagar desde 80 mil pesos mensuales de servicios y hasta 612 mil pesos de arriendo, y las hierbas, esencias o sahumerios que venden no pasan muchas veces de los 2 mil pesos.
Pero como dice Marta Ligia Díaz mientras enciende un sahumerio que huele y recuerda la semana santa, “acá cada uno tiene su clientela de toda clase y cada cual enreda a su manera”, en su puesto solo hay buenos olores, la canela, vainilla, rosas, limón y otros aromas frutales es lo que vende en forma de gel para mantener el aura limpia, aliviar males, atraer la juventud o amarrar al hombre que se desee.
Así entre piso y piso se vive un ambiente diferente donde cada vendedor y comprador habla del olor del producto que maneje y contentos o aburridos con la fetidez o penetración que puede tener lo que cada uno manipule, esta plaza es la que les da la comida a todos los que en ella trabajan y los más frescos y beneficiosos productos a quienes compran.

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