
Cronica
“El jefe viene, los entretiene y después se va para abajo”, reniega una señora en la fila del Banco Popular del barrio Guayabal, al ver a Ana Lucia Bernal, Amparo Diosa y Jorge Mario Restrepo, los cajeros, pendientes de una orden que les está dando la gerente.
En una oficina de dos pisos, donde las cajas son en el segundo, se mantienen enclaustrados estas tres personas que no pueden ni respiran, porque la clientela siempre se enoja por su ineficiencia, “es sino que uno mire para otro lado, para que lo insulten y le digan que no sirve para nada”, refunfuña Amparo mientras pasa otro cliente de la fila que termina en la puerta del primer piso.
Ella siempre reniega y atiende a los clientes con cierta rabiecita, mucho más cuando son viejitos o personas que no saben ni firmar o llenar una consignación, eso la exaspera y aunque sabe que la pueden echar de su trabajo por mala atención al cliente, siempre le ha gustado ser rebelde y llevada de su parecer.
El día de estas personas transcurre en un mismo ambiente, donde al momento de entrar a sus cubículos de seis por seis metros y permanecen sentados de 8:00 de la mañana a 12:00 del día, y de 1:30 hasta las 6:30 de la tarde, encerrados desde sus escritorios hasta el techo con vidrios blindados, aire acondicionado permanente, una luz fuerte pero clara que los aleja de la realidad del clima y lo que pasa en su ciudad.
Es un encierro permanente entre sellos, números de cuentas, tarjetas de crédito, registradoras, computador y su materia prima que es el dinero, tienen que ser tan automáticos como cualquier otra máquina y cualquier error que cometan tiene que ser pagado de su bolsillo.
Para ir pasando el día, Jorge Mario toma mucho tinto en la mañana y en la tarde agua, habito que no tienen las otras dos mujeres porque de inmediato se ponen a orinar y cualquier parada del puesto es un regaño del jefe o insulto de cualquier persona impaciente y por esta misma razón contestar el teléfono es un caos, pues de inmediato esos clientes somnolientos y callados que hacen fila se alborotan.
Sin embargo no todos los clientes son maleducados, intranquilos o groseros, “hay unos muy queridos que nos quieren y hasta tienen preferencias por uno de los tres”, dice Ana mientras contenta hace a parte un billete de cinco mil que le da un cliente como de costumbre por atenderlo bien.
Los tres están entre los 45 y 50 años, tienen gafas por el desgaste que les produce el computador y el ágil manejo de la plata, parecen cantadoras automáticas que reciben, saludan y se despiden sin muchas veces obtener respuestas, pero nada los debe afligir y como robots deben repetir las operaciones una y otra vez, de ahí que al final del día su cansancio se da la cabeza y no del cuerpo por permanecer sentados.
Ana es la más joven, pues se viste con faldas, vestidos o conjuntos que siempre están a la moda, pero despeinada porque nunca le da tiempo de arreglarse bien por los afanes que mantiene en la mañana por dejar su apartamento listo y recoger el desorden de sus dos hijas, una de 15 y la otra de 19 años, ella es separada y aunque 1.200.000 pesos, no es mucho para mantener con lujos a sus hijas, les da todo el gusto que puede y se defiende con lo que su esposo le pasa.
Amparo por medir 1.60 es muy pequeña y tiene unas grandes caderas que muchas veces no le favorecen con los pantalones que tiene que mandar a hacer, vive muy cerca del banco y tiene dos hijos, uno de 28 años que hasta hace poco lo tuvo que mantener por que no podía conseguir empleo como publicista y una hija de 25 años que es enfermera y vive acomplejada por su gordura heredada de sus padres, sin embargo los tres trabajan.
Ella se mantiene endeudada, aunque maneja millones se le dificulta manejar su plata, sin embargo entre ella y sus hijos mantiene la casa y sobrevive con los 800.000 pesos que le llegan mensualmente, pues siempre le sacan lo del préstamo del carro, el apartamento y mil deudas que mantiene con la compañía que siempre le facilita dinero a sus empleados.
Jorge Mario si es el más tirado de los tres, se gana 1.000.000 de pesos y tiene dos hijas, una de 6 años y la otra de 2, encima volvió a embarazar a su esposa y siempre está renegando por que la plata no le alcanza, antes le arreglaba electrodomésticos a los clientes y sus compañeros, pero ahora no le da tiempo porque le tiene que ayudar a su mujer y estar pendiente de las niñas cuando llega, y a diferencia de sus dos compañeras no tiene carro y debe montar en bus para ahorrar plata.
Así, estas tres personas que mantienen deudas y apuros económicos, viven entre más deudas y plata que solo pueden contar, además de siempre tener que tener una cara de felicidad y gestos amables para atender y orientar desde el joven mensajero hasta el anciano que cada mes reclama su auxilio y ni sabe firmar o poner una huella.

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